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La Casa es de Todos

En la actualidad, es fácil observar cómo los cambios sociales han hecho que los roles en la familia también cambien. La distribución de las tareas del hogar es, cada vez más, un acto equitativo que involucra a todos los miembros. No obstante, a pesar de que podemos reconocer que las cosas han cambiado, es fácil también encontrar dentro de los miembros de la familia algunas resistencias a asumir los quehaceres de la casa como responsabilidad de todos. Es, por esto, que deseamos hablar un poco acerca de cuáles podrían ser estas resistencias y dar algunos consejos que nos ayuden a asumir mejor la corresponsabilidad familiar.

Mamá:

En la mayoría de los casos, las mamás somos las más deseosas de ver a todos colaborando en los quehaceres de la casa, pero tenemos que reconocer que, en algunas ocasiones, nos cuesta compartir el control.

Hemos asumido y/o nos entrenaron en la idea de que “las labores de la casa son primordialmente, sino únicamente, responsabilidad de la mamá” y esto nos mantiene debatiéndonos contantemente en si hacemos o no las cosas con ayuda. Por otro lado, a muchas nos cuesta ceder porque tenemos altos estándares que nos llevan a pensar cosas como “a mí me gusta que todo quede muy bien hecho”. Detrás de este pensamiento nos justificamos para no hacer partícipes a los otros miembros de la familia ya que no tenemos paciencia para alguien que está aprendiendo (nuestros hijos) o alguien que tiene su propio estilo de hacer las cosas (nuestro esposo) y preferimos cargarnos de trabajo en lugar de compartir la carga.

Lastimosamente estas dos resistencias, o ideas preconcebidas, se convierten en nuestros grandes enemigos y nos privan de la oportunidad de repartir las cargas y de preparar a nuestros hijos para asumir responsabilidades en casa, que les proveen autonomía, confianza en sí mismos y mayor capacidad para tomar decisiones, tanto en el presente, como en el futuro.

Para combatir esto, una recomendación que podría ayudar es generar un espacio donde podemos hablar abiertamente con nuestra familia y expresar el deseo de crecer en la capacidad de ceder el control. Para esto tenemos, por más absurdo que parezca, que empezar con reconocer que tener control sobre la casa, nos da a muchas una sensación de control sobre la familia. Por más que nos duela aceptarlo, esta es una gran realidad que debemos combatir y expresarlo abiertamente es el primer paso. Luego podemos, en conjunto con nuestra familia, hacer una lista de quehaceres en los que todos puedan colaborar y asignar responsables para cada tarea.

Por último, nosotras tenemos que proponernos, de manera personal, derribar esos pensamientos o acciones que nos van a regresar a querer tener el control. Por ejemplo, cuando mis hijos empezaron a hacerse cargo de doblar su ropa y acomodarla en el closet, yo tuve que lidiar con el hecho de que, durante un tiempo, no iba a estar satisfecha con la calidad de la tarea y no todo iba a quedar a mi gusto. Sin embargo, el hecho de que ellos se hicieran cargo de sus cosas es un paso importante hacia la independencia y yo no iba a dejar que mi deseo de perfección se interpusiera.

Papá:

A los hombres latinoamericanos también se les ha entrenado muy bien en el hecho de que “las labores de la casa son responsabilidad de la mujer”. De manera automática, muchos asumen que es correcto dejar que su esposa se encargue de todas las labores del hogar, aun cuando ella trabaje fuera de la casa. Por otro lado, algunos hombres se justifican en el hecho de que no son buenos haciendo cosas en casa, o no saben hacer las tareas del hogar, y esto los mantiene alejados de participar en la distribución de las cargas.

Cualquiera que sea la razón, la realidad actual nos lleva a repensar esta realidad. Enseñar a los hombres a no colaborar en el hogar los priva de la oportunidad de profundizar en sus relaciones de familia, repartir las cargas de forma balanceada y ser un ejemplo positivo para sus hijos e hijas de la importancia de ser un buen equipo en el matrimonio y la familia.

Para romper el esquema, una recomendación es conversar en pareja sobre las tareas de la casa y estar dispuesto a asumir tareas, aprender nuevas destrezas, relevar a la esposa que trabaja en casa cuando se llega del trabajo y buscar dividir en partes iguales con aquella que trabaja fuera de casa.

Hijos:

Los niños pequeños, en su mayoría, a diferencias de los adultos, disfrutan de participar de los quehaceres de la casa. Lo ven como un juego u otra forma de pasar tiempo con sus padres. Conforme van creciendo algunos pueden presentar más resistencia, pero cuando les motivamos y les ayudamos a ver el gran aporte que su trabajo tiene para toda la familia, las resistencias ceden ante el sentimiento de ser parte de algo grande e importante.

Es importante para los adultos entender que darles responsabilidades a los hijos desde edades tempranas, no solo ayuda a su crecimiento individual, sino también a que entiendan el concepto de que “la familia se construye entre todos” y de cuán importante es el cooperar los unos con los otros. Integrarlos en las labores del hogar también genera en los niños habilidades para la vida como el orden, aprender a programar y priorizar tareas, administrar el tiempo, manejar recursos, ser parte de un equipo, entender el valor del aporte personal al trabajo de todos, ser seguros de sí mismos e independientes con el paso del tiempo.

Otro aspecto importante que debemos recordar los adultos es que nuestros hijos necesitan entrenamiento para realizar cada tarea. Los padres debemos guiarlos y enseñarles mientras aprenden. Pero, aún más importante, debemos recordar que cada uno lo va a realizar de acuerdo a su capacidad para cada etapa de la vida, por lo que no debemos crear la expectativa de trabajos perfectos. Es importante reconocer y motivar concentrándonos tanto en el esfuerzo como en el resultado, y hacer correcciones de manera positiva y afectuosa. No olvidemos que es la “práctica la que hace al maestro”.

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